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Blast from the past

Anoche estaba volviendo a casa, agotada, pensando en cualquier cosa, cuando alguien me llamó por mi nombre. Pero no el que figura en el documento, sino ese que usaba hace tiempo y a lo lejos en los foros de animé cuando recién arrancaba la década.

Un viejo amigo a quien no veía desde hace al menos 6 ó 7 años me había reconocido mientras yo iba distraída, y nos pusimos a charlar un rato largo. Una de esas charlas con quien compartiste mucho en el pasado, y que sabés que actualmente las vidas de ambos son completamente diferentes.

Me resultó divertido, lo vi grande, maduro, cambiado. Me gusta cuando pasan esas cosas, cuando puedo encontrarme con gente de mi pasado y ver que han avanzado en un largo camino, dejando atrás la etapa que en algún momento nos unió.

De todo lo que me dijo, hay algo que me puso particularmente contenta. Cuando le conté que tengo blogs y me dedico a esto, me comentó que siempre le pareció que yo escribía muy bien, que tenía un buen estilo de redacción, y una forma de escribir clara y precisa, separando bien los tantos (en largos posts en el foro).

Me hace sonreír pensar que eso haya sido así desde hace tanto, y que aunque nunca me lo hayan dicho, había alguien que podía reconocer en mí lo que hoy es una de las cosas que más me gustan de mi persona.

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De comentarios, amargos y criticones

hulk

Sale post catártico, porque estoy harta, harta, muy harta de los comentarios mala leche que critican la forma en la que escribo yo (o cualquiera de mis amigos y colegas). Así que voy a poner algunas cosas en claro:

Escribo sobre tecnología. Eso hace que una gran parte de las palabras que leo estén en inglés y su traducción al español sean neologismos. Si yo te digo “textear” en un post de celulares, o “postear” en un artículo sobre blogs, se entiende perfectamente lo que digo. Y en un contexto donde la mayor parte de las noticias se sabe que vienen de países anglosajones, no debería ofender a nadie.

Soy humana. A veces me falla la gramática o la ortografía, y no porque sea una ignorante descuidada, sino porque no soy perfecta. Más que eso, a veces tengo typos (sí, te lo pongo en inglés, porque soy bilingüe y me gusta más la palabra typo). No me ataques personalmente por errores que cometemos todos.

No soy soberbia, y agradezco muchísimo que se me corrija, porque es la posibilidad de seguir aprendiendo y mejorando. Ahora bien, agradezco muchísimo que se me corrija de una forma respetuosa y con ánimo de ayudar, no desde los comentarios pedantes que suelen dejar, como si fuesen los amos y señores de la lengua española, y que en realidad se trasluce que no buscan ayudarte a mejorar tu escritura, sino a humillarte (y si tenés necesidad de hacer quedar mal a otros, o hacerles pasar un mal rato solo para sentirte mejor o más importante, avisame, te paso el número de un psicoterapeuta buenísimo).

Si me vas a corregir, no tengas errores en tu comentario. Porque se nota todavía más que lo hiciste solo para molestar.

Y, por favor, recuerden siempre que español se habla en más de 20 países, cada uno con sus peculiaridades. Atacar porque no escriben de la misma forma que en sus propios países es racismo. Punto.

Solo eso por ahora.

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El diario íntimo

diario Me gusta escribir desde que tengo memoria, así que no es extraño que los caminos me hayan llevado a que la escritura sea mi trabajo.

Cuando era más chica odiaba la idea de tener un diario íntimo, entonces me compraba cuadernitos para escribir, y los llamaba “bitácoras” (premonitorio, ¿no?). Empecé cuando tenía 10 u 11 años, y ahí anotaba lo que hacía, pensaba, sentía, o cosas como lo que pasaba en mis shows de TV favoritos. Sentía que si no lo escribía en algún lado, eso se iba a perder para siempre, y no quería eso.

Con el paso de los años, la escritura en mis cuadernos se hizo cada vez más espaciada. El último que usé fue, finalmente, un “diario íntimo”, de esos que vienen con candado, brillantina y perfume (no sé en qué estaba pensando mi abuela cuando me lo regaló). Lo estrené en 2002 y todavía le queda la mitad en blanco.

Con tantos blogs en los que escribo, más Twitter, más mi blog personal (o sea, este) la necesidad de escribir la tengo bastante cubierta. Pero anoche, de golpe, me di cuenta que necesitaba escribir para mí. Poner en palabras cosas que no quiero (o mejor dicho, no da) bloggear o twittear. Y es más, hacerlo con lapicera y papel, y no con dedos y teclado. Así que después de un año y medio, desempolvé el viejo diario íntimo y le di con ganas.

Y me hizo sentir muy bien. Tener un espacio íntimo de verdad, algo que quede entre la lapicera, el cuadernito y yo, es reconfortante. Creo que voy a retomar el hábito.

Además, releer lo que puse en otros momentos de mi vida es divertido y, sobre todo, revelador. Seguramente les hable un poco de eso.

Ya sea que tengan blogs o no, les recomiendo que prueben llevar una bitácora personal offline, privada, aunque solo la escriban cada 6 meses. Y si en algún momento lo hicieron, reléanlas. Es como un portal al pasado.

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